domingo, 10 de octubre de 2010

Angie

Esta es una preciosa letra de una preciosa canción de The Rolling Stones.
¡Por demás recomendable para el oído!

Angie, Angie... ¿cuándo desaparecerán todas esas nubes?
Angie, Angie... ¿a dónde nos dejará todo esto?
Sin amor en nuestras almas
o dinero en nuestros bolsillos...
... no podés decir que la pasamos bien,
pero Angie, Angie... no podés decir que no lo intentamos.

Angie, sos hermosa... pero, ¿no es hora de despedirnos?
Angie, todavía te amo.
Acordate de esas noches en que lloramos.
Todos los sueños que tuvimos tan cerca,
todos parecen haberse esfumado.
Dejame suspirar a tu oído:
Angie, Angie... ¿a dónde nos dejará todo esto?

Angie, no llores así...
... todos tus besos siguen siendo tiernos.
Detesto esa tristeza en tus ojos,
pero Angie, Angie... ¿no es hora de despedirnos?

Sin amor en nuestras almas
o dinero en nuestros bolsillos...
... no podés decir que la pasamos bien,
pero Angie... todavía te amo querida,
adonde sea que miro, veo tus ojos.
No existe mujer que apenas se te parezca.
Dale, nena, secá tus ojos...
pero Angie, Angie... por lo menos estamos vivos.
Angie, Angie... que nadie diga que no lo intentamos.

martes, 24 de agosto de 2010

Espejos (o una noche de verano)

¿Podés cantar una canción
en una lengua que no existe?
¿Podés decir...
... lo que dice el silencio?
Quizás debiera saber
por qué estoy tan cansado... desenfocado.
No me dejes más
solo entre mis sombras. Yo
no sé de estrategias.

No quiero pensar en filosas palabras
para escupirlas con exactitud.
Quiero sacarme este dolor de cabeza.

No quiero saber lo que necesito,
quiero presentirlo.

Si yo fuera tu espejo,
estaría a tus pies este planeta.

¿Podés acaso agotar
un agujero en este océano?
¿Podés cambiar...
... así como cambia el viento?
Tal vez quisiera saber
qué hay detrás de tu sonrisa... de tanta prisa.
No me dejes más
solo en este cuerpo. Yo
no sé de creencias.

Si yo fuera mi espejo,
sería el fin de este planeta.

lunes, 23 de agosto de 2010

Si


El hombre del siglo XXI está aprendiendo
que no conviene pensar en otra cosa más que en sí mismo.
Todo lo demás es contraproducente 
 y poco aconsejable. 
Al hombre del siglo XXI no le importa ser explotado,
sólo quiere ser rico,  
sin dejar de ser caritativo. 
El hombre del siglo XXI no comprende que
todo lo bello alguna vez fue feo.

El hombre del siglo XXI es politeísta.
El gobierno es dios… la policía es dios… 
su empresa es dios.
Y dios es compasivo pero te quiere
de rodillas.

La violencia genera violencia y parece ser un buen negocio.
El terrorismo de Estado es barato en Latino América.
La policía nunca sabe nada, pero siempre gana.
Y la caridad lava todas las culpas,
se perpetua un modelo.

Si el pensamiento iluminara nuestra más oscura naturaleza,
si nos atreviéramos a ir más allá de nuestra mente y nuestro cuerpo.
Si las ideas resonaran como los tambores,
si las palabras formaran cadenas.

Para el hombre del siglo XXI el arte es un objeto sin valor
a menos que alguien le ponga un precio.
El segundo objeto con menos valor es él mismo.
El hombre del siglo XXI no busca la sabiduría, ni la verdad…
… una verdad aunque sea, una utopía…
… sólo busca una erección de una hora y media
para acabar en cinco minutos de todas formas.
Busca la felicidad del consumo,
el consumo de la felicidad.
Al hombre del siglo XXI solo le enseñaron a apagar el fuego con fuego.
Su sensación más recurrente es el miedo…
… a lo que sea.
El hombre del siglo XXI quiere progresar, pero no sabe cómo.
Nadie sabe ya adónde va ese progreso.
La peor tragedia del hombre del siglo XXI es tener tiempo libre.
La estúpida búsqueda de la eterna juventud,
la inmadurez como un estilo de vida.
El hombre del siglo XXI no se informa,
especula sobre las especulaciones de otros sujetos.
No sabe lo que quiere tampoco
porque está ocupado pensando en lo que le quieren vender.
El hombre del siglo XXI no piensa…
… y no soporta que los demás piensen.
Se ofusca, se irrita…
… El hombre del siglo XXI ve en el otro una amenaza permanente.
Compite en el sexo, en el trabajo, en la escala social.
Ya no tiene alma, ni deseos…
… solamente es un empleo esclavo.
La sensación del alma o cualquier cosa que se le parezca
nos remite a nuestra propia finitud e intrascendencia… el horror.
Nos deja en un estado de melancolía peligroso y rebelde.
El hombre del siglo XXI no valora su vida…
… ni la del otro.

Si el pensamiento iluminara nuestra más oscura naturaleza,
si las ideas resonaran como los tambores,
si las palabras formaran cadenas.

El hombre del siglo XXI todavía no quiere entender
que las mujeres son tan humanas como él… y no son parte
de una especie diferente.
Mientras tanto ellas tratan de escapar
del estigma de ser un objeto o un accesorio
para algún día llegar a ser consideradas igual de vacías
e idiotas que el hombre del siglo XXI.

Te vas

Me senté al piano para al final entender…
… mis nervios son las cuerdas.

Tengo esta sensación
de que hay alguien atrapado dentro de mí
y quiere salir; quiero gritarlo.
Quiero decir que sí,
pero es un no, más grande que tus ojos verdes.

Y todo indica
que ya no hay comunicación con mi cerebro;
no puedo hilar un pensamiento.
Todo va girando hacía algún punto,
excepto yo… Y voy a

romper todas esas reglas
que ya me anunciaste… no sé cuántas veces.
Quiero que sepas… ¡que sigo vivo!
Voy a desatar todo mi instinto, sobre vos.
No me reconocerías,
Te encantaría…

Voy a
volver de vos en pedazos.
¿Vas a quedarte para juntarlos?

… Hacés lo que decís o ¿en qué va a terminar?
Hacés lo que decís o… te vas.
Te vas.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Lluvia ácida (o el verano del cohete)

El clima está raro, la gente está rara también.
Los chicos se divierten entre mundos de arena
con juegos que ya no podemos descifrar.
La gente asoma una esperanza pálida e ingenua
otros desean ver al fin todo estallar.
¡Nos vamos de acá, nena!
La nieve desapareció, hoy el sol nos quema...
... salgamos a bailar
bajo la lluvia ácida, mi amor.

El tiempo está loco, la gente está loca también...

Bienvenida sea esta oscuridad

Creo haber visto, lo juro,
un ángel hoy...
... en puntas de pie, en la lluvia,
al borde de este abismo.
Piernas largas y esbeltas como las tuyas, bailando en el aire.
Cabellos dorados como el sol cayendo
mojados y desarreglados hasta sus pies.
Y sus labios, ¡Dios lo sabe!, ¡Irresistibles!,
como los tuyos también.
Extendió sus dedos de pétalos de rosa hacia mi.
Pero no estoy listo, sé que
no puedo saltar.

Ella respira. Respira en mi cuello.
Tal vez debiera saber que no soy un santo.
Rara vez creo haber sido siquiera justo.
Y últimamente no puedo evitar pensar en todas las personas
tras la sombra de mis errores.
Y aún así ella me sonríe.
Sonríe y respira.

Me siento un hombre muy leve hoy...
... de pie en el umbral entre el dolor y la asfixia.
Debo tener más fe, ella me dice,
mientras su pecho se abre hacia mi.
¿Deberé aprender a hacer todo de nuevo?
¿Estará ella ahí cuando deba hacerlo?
Creí ver a un ángel hoy
y eras vos,
bailando al borde del abismo.
Y desperté abrazado a tus caderas.

Bienvenida sea esta oscuridad entonces
a la que terror le tengo,
como un niño,
acaso si puedo ver tus ojos ahí.
Para luego desaparecer como el polvo
y yo me quedo paralizado, con el alma en los labios.
Enredado...
... entre telarañas de nervios y cicatrices,
pensamientos breves y punzantes
como navajas
que quieren despedazarme.

Creo haber visto, lo juro,
un ángel hoy...
... en puntas de pie, en mi terraza.
Bailando al borde de un abismo.
Extendió sus dedos hacia mi y clavó sus uñas como espinas
en mis entrañas...
... Tuve miedo al principio...
... Luego me besó y me ayudó a caer.

Cabellos dorados como el sol.
Aprendí a respirar sin aire a mi alrededor.
Rozo apenas su cuello.
Sus labios ahogan todos los sonidos.
Posando sus dedos de pétalos de rosa sobre mis ojos cansados,
me enseña a ver...
... que no existe algo completamente verdadero,
que nada tiene por qué tener sentido
y yo estoy en paz.

jueves, 30 de julio de 2009

Pequeñas tragedias cotidianas #2

La tragedia de mi vida
–dije una vez–,
fue encontrarte así vestida.
Me calzaste la punta de tus zapatos de taco alto
–talle cuarenta y tres–
en el culo,
mientras me escupías a gritos tu trastorno,
invocando tus desgracias,
tratando de callar esa voz interior.
Yo no entendía... era más chico que vos en ese entonces;
ahora no.
Tenías puesto un vestido rojo ajustado, me acuerdo,
desfigurada entre toda esa flacidez; el pelo mojado, los ojos pintados.
Tarareabas una canción de cabaret...
... y no sabías cantar, la verdad,
ni maquillarte.
Pero, ¡cómo me dolía el culo! Y el alma... un poquito nomás...
... ya sabés que estaba acostumbrado a que me decepciones.
Me acostumbré a no pedirte nada
–ni un beso–;
me acostumbré a tu silencio
(y el olor a muerto que llevabas en tu conciencia).
Y siempre me pregunté:
“¿Me vas a arrastrar a mí también, basura?”, pero
nunca me animé a decírtelo en la cara;
y verte llorar,
como vos me hacías llorar a mí.
Por eso... la tragedia de mi vida
–por esos días–
fue encontrarte así vestida.
Me quedé mirándote desde la ventana,
al otro lado del aire y luz de casa,
sin que te dieras cuenta.
Y me acuerdo todavía de tu cara
cuando abrí la puerta y te dije:
– ¡Papá, ¿qué carajo hacés?!