lunes, 23 de mayo de 2011

Al niño que se ahogó

Deberías saber,
niño…
… tu madre
está mal de la cabeza;
pero casi desde que tengo tu edad
que estoy enamorado de ella.
Y tal vez todavía creas
que algunas cosas debieran ser más simples.
Y yo también quisiera,
en verdad.
Pero tarde o temprano lo entenderás...
... que el mundo entero está desquiciado,
paranoico
y la gente está más rara cada día.
Entonces,
cuando crezcas, sinceramente espero
que sus pobres rencores y tristezas
no acaben por segarte.
Y te des cuenta sin terror que esas heridas
se las hizo nada más que ella misma.

Tu madre está mal de la cabeza
y no es su culpa en verdad…
… tampoco es mía para tener que entenderla.
La mía estaba algo loca también
y no me fue tan mal,
¿sabés?
Yo quise salvarla a ella para salvarte a vos
para salvar también al niño
que alguna vez fui yo.
Pero ninguno de los tres tuvo suerte,
lamento decírtelo…
… nadie quiere ser salvado acá
y este niño ya se ahogó.

Tu madre está mal de la cabeza.
Y durante casi tanto tiempo como tu edad
he estado enamorado de ella.
El tiempo pasó y nada cambió demasiado en nuestras vidas. 
Yo aún creo en su belleza más que
en cualquier otra cosa
y ella todavía se odia a ella misma.

Niño… tu madre
está mal de la cabeza.
Lo deberías saber.
Y seguramente… yo también.

lunes, 9 de mayo de 2011

La risa velada de las mujeres

Ellas se pasan la vida tratando de entender
qué es lo que nosotros pretendemos de ellas.
Se pintan.
Bailan.
Esconden sus angustias atrás de máscaras de porcelana,
seducen a sus miedos con las curvas que dibujan sus vestidos.
Y nos gusta imaginar que lo hacen para nosotros.

Al ver a una mujer llorar,
con el alma a flor de piel,
desarmada,
excedida, fuera de sí…
… uno puede saber que ya
no va a volver a ser el mismo que era antes de ese momento.

Les decimos que las queremos
para poder tratarlas mal.
Las hacemos sentir que están gordas,
que son viejas,
tontas
o demasiado sociables.
Les decimos que están locas
cuando ya no queremos entenderlas.
Les pegamos,
para descalificarlas,
por miedo a que nos dejen…
… les hacemos creer que nos pertenecen.
Y, en realidad,
no hay nada que hacer sin ellas.

Ellas quieren nada más que un cumplido,
sentirse queridas…
... una sonrisa, quizás.
Pero lo que más quieren es sentirse arrebatadas por eso…
… quieren un beso,
pero no desde los labios.
Quieren sentir el tacto, la respiración y el movimiento
haciéndole cosquillas en los huesos.
No somos tan diferentes.

Ellas quieren las mismas cosas que nosotros…
… que algo tenga sentido en esta vida.
Quieren olvidarse que viven presas de su propia piel,
quieren que a su alma le crezcan alas;
quieren jugar y estallar en colores de adentro hacia fuera.
No, no somos tan diferentes.

Y nosotros no podemos apartarnos de lo evidente del hecho
de que, hasta el último de nuestros días,
vamos a vivir atrapados en el corazón de alguna de ellas,
tratando de penetrar
y desentrañar ese laberinto de secretos,
incansables,
necios,
buscando la salida, queriendo
sin querer...
... y es inútil.

Ella se pintan.
Bailan.
Esconden sus miedos…
… y seducen.
Y nos gusta imaginar que lo hacen para nosotros.

La risa velada de las mujeres.
Esa mueca genuina,
espléndida,
sensual,
libre de inhibiciones y prejuicios.

Al ver a una mujer reír,
con el alma a flor de piel,
loca,
radiante,
tierna, divertida…
… uno puede saber, con seguridad,
más que en cualquier otro momento, que está vivo
y no necesita saber ninguna otra cosa
nunca más.

lunes, 25 de abril de 2011

(sin título) #8

Siento este ardor una vez más en todo mi ser.
Lo vi todo venir,
pude intuirlo
con una gloriosa calma.
Y voy a dejar que el veneno drene a través de mí…
… tal vez así,
consiga devorar toda esa oscuridad que te abraza.
Voy a besar, al fin, cada una de tus cicatrices
para recordarte que estamos vivos
y seguimos de pie.
Este estriado corazón puede resistir
ante cualquier cosa
pero no a esa boca, no…
… a esos ojos, no.

Mi mente y mis huesos han ido más allá de lo imaginable
y simplemente no pudimos
pasar de largo… vos y yo, el uno del otro.
Tal vez me duela más a mí que a vos,
¿sentís?
Soy el cáncer…
… soy el cáncer en el aguijón del escorpión.

Quiero quedarme en este preciso instante…
… aunque nos duela,
verás, se sentirá bien al fin.
No podríamos, en cualquier momento o situación,
pasar de largo… vos y yo, el uno del otro.
Soy el cáncer…

… Va a dolerme más a mí que a vos.
Esto va a dolerme más a mí que a vos.
Soy el cáncer…
… soy el cáncer en el aguijón del escorpión.

martes, 22 de marzo de 2011

Conversación sobre nada en particular


– Si tuviera que recordarte de alguna forma… en mi cabeza… 
... sería bailando desnuda… ¡ja, ja!
– Mmm… Estoy acá, no tenés que imaginarme.
– Pero te vas a ir...
– Y voy a volver... por ahí...
– ... ¡Ja ja! Ahora te venís a hacer la importante.
– ¡Ja ja! ¡Si, seguro!
– Fenómeno, pero entre que te vas y volvés hay un espacio de tiempo 
remarcablemente considerable.
– ¡Ni siquiera es un día entero! ¡Son horas apenas!
– Bueno, el tiempo es algo muy relativo.
– ¡Ja ja! Además... yo no sé bailar.
– Pero en mi cabeza sí.
– A ver... y ¿qué bailo entonces?
– No sé... dejámelo pensar... se me ocurre, por ejemplo, 
alguna canción barroca, 
de Mozart quizás... 
... pero como si fuera un vals. No sé si Mozart escribió algún vals.
– Bueno, si escribís una canción así, yo aprendo a bailarla.
– ¡Ja ja! No sé... me gusta como fantasía. 
Además, me parece que es más probable 
que vos aprendas a bailarla.
– ¿Una fantasía? 
¿Eso quiere decir que te vas a masturbar conmigo cuando me vaya?
– Bueno, tengo derecho, ¿no?
– ¡Sos un asco!
– ¡Ja ja! Claro, como si fuera la primera vez que lo escuchas.
– Bueno, me tengo que ir.
– Un poquito más quedate, mi amor. ¿Querés?
– No, nabo, tengo que trabajar.
– Está bien. 
Ella se viste, le da un beso y se va.
El se queda un rato largo mirando fijamente hacia el techo.
Con las manos detrás de la cabeza. Estirado a lo largo de la cama.
No se viste. Prende un cigarrillo y se sienta en el piano.
Cierra los ojos y empieza a tocar.
Agarra una hoja pentagramada y escribe… y tacha…
… y vuelve a escribir.

Alicia

Alicia tropezó una vez, pequeña, entre mis dedos... caprichosa, distraída. Como quien busca tropezar. desde la apatía de un rincón donde sólo existen los números y las certezas, siempre es siempre no... no hay sueños dentro de sueños y la razón nunca enferma de deseo. Y este día que la encuentra somnolienta, Alicia ha encontrado una puerta, ha roto un espejo; quiere regalarme una sonrisa, aunque sabe, tal vez no deba. Y yo podría quizás esta vez prestarle mi sombrero, pero mi corazón no es ni más joven ni más bueno de acá a esta parte... porque sé tan bien lo simple que es para mí sorprenderla; casi tan simple como desnudar en un instante su frágil temperamento. Y guardo siempre en mi pecho todos los juegos, adivinanzas y esquemas que sabían entretenerla... aunque no recuerdo bien donde dejé los planos, las reglas o las respuestas. // Y aunque el tiempo se empecine en dejarnos detenidos en este momento, mientras seguimos dando vueltas, histéricos, resbalando… de lugar en lugar, entre roles y máscaras... en este pequeño paréntesis donde se nos quedó un pedazo del alma, donde acaricio la gracia de tenerla nunca y siempre. Tal vez hoy se pregunte quién sueña a quién, su cabecita. Y, es que, a este punto, ¿acaso eso importa, querida Alicia? Si ha sido hace mucho tiempo o apenas recordamos que algo ha sido. Las horas marchitas, enmarañadas, harán brillar hoy sus ojos con esas lágrimas que no quieren ser vertidas, así como un cosquilleo en el cuerpo la encontrará ingeniosa, divertida, con la más simple y tonta de las alegrías. // Sigo siendo un chico, lo sé, en el cuerpo de un hombre. “Un hombre pequeño”, ella diría, con su voz grave. Pequeños miedos, pequeñas tristezas... pero al menos tengo la grandeza para poder sufrirlas, sin reservas. Y puedo sostener su mirada, mientras que Alicia esconde su cabeza entre sus cabellos, porque no puede comprender cómo es que estos ojos tan buenos e inquietos llevan tanto horror dentro. Y tengo mi cuerpo harto cansado, y demasiada sangre... demasiada prisa todavía en los pies, en todos mis extremos. // Alicia ha regresado envuelta en lazos blancos, con una mirada distante y fría como si no recordara lo que es sentir que todo a su alrededor cae hacia arriba... y esa sonrisa traviesa y divertida que me dice que algo despierta en sus labios dejados. Y quiero llevarla a ver el amanecer desde el sol, hacer miel de nuestros cuerpos... mientras ella está pensando algún juego en el que no pueda perder. // Alicia está buscando lo que no sabe querer. // No tengo grandes posesiones ni otras voluntades. Y tal vez esté loco, pero niña... ella más que nadie lo debería entender; solamente soy dueño de un millón de paisajes que nunca conquisté y nada más hago lo que me dicen que no debería hacer. Alicia dice que quiere casarse conmigo y yo solamente quiero invitarla a tomar un té. Así lo dice, así le debo creer. Como quien le cree al sombrerero que el sombrero es de él. Los castillos de naipes ya fueron todos derribados, las cabezas cortadas... los conejos cazados. Ya no hay soldados, ni jardines, ni sorpresas. Todos los caminos que hemos recorrido... los atajos que inventamos para llegar hasta acá y Alicia está un poco más grande, un poco más cansada, más triste... paralizada. Sigue persiguiendo gatos con sonrisas de luna menguante, cosas que aparecen y vuelven a desaparecer. Y ella va y vuelve. Con sus variables y sus constantes. Y es que Alicia siempre verá lo que quiera ver. // Puse todo en su lugar correcto hoy, sólo para darme cuenta, que no existe tal instancia a su lado. Quiere demostrarme con esa malicia meticulosa, de niña caprichosa, que hasta el sol se ha puesto del lado equivocado. Y Alicia dice que quiere casarse conmigo, cuando yo solamente quería invitarla a tomar un té. Acomodo entonces mi sombrero y le digo: “si mi corazón no se equivoca, tal vez, debería correr”. Ella guiña un ojo y me responde: “Vos sabrás lo que tengas que hacer, pero... lo que realmente necesitamos es coger”.

jueves, 17 de marzo de 2011

Los amantes no saben nada

¿Sabés por qué sé que estás pensando en mí?
Porque hoy la noche está quieta,
suspendida...
... como vos,
como yo.
Porque puedo sentir tus ojos en el cielo.
Porque en el aire escucho tu voz murmurar mi nombre.
Porque tu sombra me cala hasta en los huesos.
Porque la luna está prendida fuego.
Porque la tierra ya no me deja dar un paso más.
Porque en realidad soy yo el que te piensa...
... porque yo creo que sé que vos sabés que yo sé
que vos estás pensando en mí.
Y la verdad que ya no tengo la más puta idea.

miércoles, 16 de marzo de 2011

La noche estrellada

Las estrellas se sienten más cerca hoy… si… eso es bueno. La luna, poco a poco, comienza a hacer sentir su presencia. Va haciendo suyo el cielo. Está siempre ahí. Imperturbable. Observando con su ojo acuoso y gris. Las habitaciones de las casas de la aldea destellan todavía y arrojan su luz a esta noche ridícula, fantástica. Sin embargo, todo está calmo y silencioso. La gente dejó las velas encendidas hoy para tratar de lograr un sueño más sosegado y sereno. No le gustan los rumores que trae esta oscuridad. Hace mucho que no llueve. Ya nadie recuerda cuándo fue la última vez. Los árboles están desnudos, desahuciados. Sus ramas se estiran con una profunda tristeza hacia el cielo como en una plegaria. La naturaleza es sabia dicen. Siempre que no se meta con uno. De ser así, entonces está loca. Eso es… ¿bueno? Es una noche tranquila. Se puede escuchar el antiguo lamento de las montañas, el murmullo de la brisa de mar detrás de ellas. Es un sonido hipnótico, anodino. Tal vez a otros los ponga nerviosos. Ya estoy tendido en la cama. Dejé las velas encendidas. Pareciera como que todos sabemos que algo está por pasar, pero todos debemos guardar el secreto. Tratamos de sentirnos preparados. Imposible. Algunos, quizá, todavía recen y hagan ofrendas a su dios salvaje y rencoroso. Todos los dioses son iguales. Las estrellas se sienten más cerca hoy… si… en esta noche estrellada… ¿eso es bueno?

Taller Literario Luna Roja. El cuadro pertenece a Vincent Van Gogh.